A un año

Gabriel Pulido

Adriano González León. Foto: Gabriel Pulido

El 12 de enero de 2008 dejó este país a sus espaldas, se deslizó sin aviso,  sin dar tiempo siquiera a alzar la mano en despedida. Adriano González León falleció hace un año, en Caracas. En el mismo año en que su novela País portátil (Seix Barral, 1968), cumplía 40 años.

Fue autor además de  Las hogueras más altas (1957), Asfalto-Infierno (1963), Hombre que daba sed (1967), Damas (1979), De ramas y secretos (1980), Del rayo y de la lluvia (1981), El libro de las escrituras (serigrafías de Marco Miliani; Ediciones de Galería Durban-Arte Dos, Caracas-Bogotá, 1982), Solosolo (1985), Linaje de árboles (1988), Del rayo y de la lluvia (crónicas poemáticas; Contexto Audiovisual-Pomaire, Caracas, 1991), Viejo (1995), El viejo y los leones (cuento para niños; Rayuela, 1996), Huesos de mis huesos (1997), Todos los cuentos más Uno (1998), Viento Blanco (2001) y Cosas sueltas y secretas (2007).

Su trabajo fue galardonado en 1958 con el Premio Municipal de Prosa por Las Hogueras más altas; en 1968 País portatil recibe el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral y en 1978 obtiene el Premio Nacional de Literatura. En el año 2003 recibe el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Cecilio Acosta de Maracaibo.

Este año, la adaptación cinematográfica de País portatil, realizada  por Iván Feo y Antonio Llerandi en 1979, cumple 30 años.

De Ficción Breve, tomamos un fragmento de UNO, para compartirlo con ustedes.

Anda uno así, como si hubiera despertado de un sueño no tenido, así, todo despabilado y con grandes ojeras porque se ha pasado la noche dando vueltas en la cama, o mejor dicho, en el bar, en los bares, por donde quiera, qué sé yo, imaginando la ciudad sobre ruedas, la cuidad que pasa entre nubes, uno corriendo por avenidas de árboles cortados, árboles que se multiplican, y doblan la carrera de uno, aceras muy altas donde jamás se trepa tu corazón, mamposterías siniestras, altos edificios fríos con terrazas de vidrio, lugares sin amos, rincones secos, toldos amenazados por el viento y esos papeles que brillan a lo lejos, esos desechos de escritura, pedazos de cartas, creo yo, que un día te escribí y no me contestaste y la rompiste, como se rompen todas las cosas que ha uno le duelen, el primer juguete, el payaso de madera que hacía maromas cuando se apretaba así, aquí abajo, donde se juntaban las dos piernas y había un travesaño que le imponía las reglas de su movimiento, las reglas de la maestra en la escuela, para que fuéramos prudentes y buenos hijos de la patria, pero tú eras solo un payasa desmelenado y yo más payaso que tú con mis miedos y mi media lengua y mi aritmética sin hacer, esos malditos problemas de regla de tres, que nunca entendí, porque eran regla de uno, sólo uno tenía que resolver esa barbarie de tres es igual a X, cuando el problema, la trigonometría, la regla de cálculo, las hijueputeces, eran sólo uno, sólo uno, el número del comienzo donde no había posibilidades de regresarse ni posibilidades de avanzar, porque era muy difícil todo ese camino lleno de sustracciones y multiplicaciones y restas y divisiones y uno quería ser uno porque el camino de los sueños prometía muchas ansias.

¿Qué se soñaba allí? Bastantes cosas, si lo supieras. Demasiada geografía. Puro mapa en tela de hule o tela brillante. Las tierras y los sueños eran puro mapa. Y las cosas muy arbitrarias, porque los dinosaurios se mezclaban con la catedral de Nuestra señora de París, o Notre Dame, como decía la maestra, en su elegante francés. Pero yo no entendía que las cosas o los asuntos se montaban unos sobre otros. No entendía, pero me gustaba. L flora y la fauna confundidas con Bolívar y Napoleón. Tierras más arriba, es decir regla o puntero más arriba, porque estábamos en la salita pobre de la escuela y la única manera de avanzar sobre el mundo eran los gráficos, el mapa sobre todo, aunque para los efectos de la clase de ciencias también estaba el cuerpo humano lleno de venas y estirones y sangre, lágrimas que siempre me dieron miedo y parecían un turno de farmacia, pero no era eso de lo que hablaba sino lo que estaba más arriba de Napoleón y Bolívar, lo que se doblaba y desdoblaba cerca del Polo Norte, en el estrecho de Bering.

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