Bestiario lector

Bestiario de Rochester. S. XIII

Bestiario de Rochester. S. XIII

Al correo electrónico nos ha llegado este texto y, luego de sondear su procedencia en la Web,  no quisimos dejar pasar la oportunidad de compartirlo con ustedes. Es un poco largo, pero bien lo vale.

Bestiario Lector

Introducción a la tipología lectora
del Dr. Honorio Bustos Domecq

Juan Yanes
Nota preliminar
Dejen de vivir, lean
F. Pessoa
El Dr. Honorio Bustos Domecq, en su largo periplo como investigador y tras un prolongado exilio rastreó, entre otros asuntos, la biografía lectora de distintos ambientes sociales, especialmente aquellos pertenecientes al ámbito académico. Esta experiencia, que resultó decepcionante, no fue óbice para que fuera recogida por él en dos memorables tomos de carácter preliminar, bajo el título, Ciclos y ritmos en la recepción lectora. Estudio etnometodológico de los procesos de socialización cultural (publicado en 1945 en la Colección Casares/Acevedo de la Editorial Austral de Buenos Aires). No contento con esto se propuso con posterioridad la desproporcionada tarea de indagar la cultura escrita en las sociedades postindustriales, y el conjunto de problemas asociados a los complejos mecanismos de difusión y de recepción cultural a través de los sistemas de escritura. De este marco general se desprendió, de forma natural, la luminosa construcción de una taxonomía universal de lectores. Así pues y sin más preámbulos, destacamos de su taxonomía los tipos lectores siguientes:
Tipología lectora abreviada
Abecedario, a.: Tipo neurótico de lector de bibliotecas que lee siguiendo el orden alfabético de autores. Con el paso del tiempo llega a adquirir una extensa cultura. Tiene problemas cuando cambia de biblioteca.
Aléxico: Dícese del que no lee nada. No confundir con analfabeto. Éste no sabe leer, a aquel no le da la gana.Agendario, a.: Lector de libros de agenda. Siempre está reunido. No tiene tiempo para más, el pobre. Frecuente entre cargos públicos, directivos de empresa, ejecutivos agresivos, políticos en general y algún que otro sindicalista.

Analfabeto, a.: Dícese del que no lee porque no sabe leer. Tiene ojos, pero no ve. Al contrario de lo que muchos creen no es una patología, ni una epidemia, ni una pandemia. El analfabetismo, no es un reflejo de la incapacidad de los pueblos, ni de su falta de inteligencia, ni de su apatía. Es el resultado de estructuras sociales injustas.

Antilector, a: El que desprecia la lectura ya sea por activa, ya por pasiva. Persona de poco fiar.

Apógrafo, a.: Lector de fotocopias. Muy frecuente en las universidades. También conocido como fotoléxico.

Apolíneo, a.: Lector racional y crítico. Lector prometéico. Suele ser paciente y capaz de pensar mientras lee, no dejándose seducir por el autor, por sus argumentos o sus mañas. Por lo que se sabe de esta rara avis, es una mezcla equilibrada de racionalidad, escepticismo e ironía. Hay autores que afirman haber conocido a alguno. En ocasiones puede ser también lector dionisíaco y beligerante, pero no necesariamente.

Apologista: Lector que hace apología de los cuentos, otorgándoles carácter genérico, en contra de la tradición europea que lo considera, injustamente, un subgénero de la novela. Especie a conservar.

Arqueólogo, a.: Dícese del lector obsesionado por las ediciones príncipe, por las ediciones diamante y por los libros mareados.

Bartleby: Preferiría no tener que hablar de un tipo como Bartleby. Sinceramente, preferiría no hacerlo. No es un lector, es un escribiente despreciable. No obstante debe tener algo por lo que concita tanta ternura entre los lectores de ambos sexos.

Beligerante: Dícese del lector o lectora que se enfrenta a la lectura como un reto, como una batalla, una pelea. Su objeto es debelar al autor. Es amigo de los libros difíciles e incluso abstrusos. Y enemigo de la literatura fácil, los manuales, los resúmenes, los articulitos, los refritos, los apuntes y de toda suerte de papilla bibliográfica. También es conocido como lector belicista o incombustible. ¡Ojo!, no necesariamente es un lector apolíneo.

Bestiario, ra.: Lector de bestiarios. Usted mismo, ahora, sin ir más lejos.

Bestseléctor, ra.: Especie que sólo lee bestseller. Libros que, por otra parte, suelen ser más seller que best. Es, en realidad, una honorable víctima de la sociedad de consumo y suele poseer una ignorancia enciclopédica.

Bibliófilo, a.: Tipo de lector que mantiene una relación libidinosa con los libros. No con su contenido, sino con sus cualidades organolépticas. Adorador del libro como objeto. Puede convertirse en una relación morbosa. LLámase platónico cuando no los toca, sino que se queda extasiado con su sola contemplación. Otra variante del bibliófilo es el coleccionero, vulgarmente conocidos como urraca. Y un estereotipo de este tipo es el conocido como comprador de libros por metros lineales. Esta última es una especie pertinaz.

Bibliosexario, a.: Lector de bibliotecas públicas que utiliza sus prolongadas sesiones de lectura para entablar relaciones amorosas pasajeras, o sea ligar, como quien no quiere la cosa. Versado en el arte del cortejo y la seducción a distancia. No confundir con bibliotecario.

Bibliotecario, a: Ser vegetal y benéfico que sobrevuela las bibliotecas como espíritu custodio y que manifiesta culturas lectoras atípicas. Gran conocedor del laberinto de los abecedarios, suele ser lector impertérrito de Borges. Está en el arcano de la clasificación de las clasificaciones. Es decir, del saber.

Biólogo, a.: Lector de libros sobre la infame turba de nocturnas aves y demás bichos. Busca en la letra impresa el croar de las ranas, el otilar del lobo o el crascitar de los cuervos. Por aquí, delicados rebuznos. Por allá, apremiantes relinchos, ladridos varios, dulces mugidos, irresistibles gorjeos, zureos, jijeos, ronroneos, titeos, cuchichís, bramidos, silbidos, grajeos, trisados, berridos, graznidos, maullidos, cloqueos, rugidos, chirridos, garlados y piopíos. Balidos enternecedores, trinos sonoros, abra­sadores arrullos, insinuantes hipidos. En fin, toda la estereofonía zoológica que imaginarse pueda.

Blogquero, a.: Lector o lectora de Blog de Notas en Internet. Hay cientos de miles en castellano y millones si se juntan todas las lenguas imaginables. Algunos, bellísimos. Los blog y sus lectores son como La vida instrucciones de uso, del Perec.

Bobático, a.: Lector que cree a pie juntillas todo lo que es letra impresa. Desarrolla una especial capacidad para la obediencia y la sumisión. Siente el peso de la autoridad del autor como algo cuasi sagrado e indiscutible. Desarrolla formas de veneración hacia el libro impropias de un lector propiamente dicho. Su existencia contradice la teoría de los que piensan ingenuamente que la lectura es el remedio universal para todos los males de la humanidad.

Brocense: Lector de textos escritos en latín. En franca decadencia. Por extensión lectores de sanscrito e indoeuropeo. Especies a proteger. Desaparecerán todas, con el resto de las humanidades, cuando las universidades sean sólo escuelas de ingenierías varias.

Bucio: En ocasiones, busito. Émulo del presidente G. W. Bush en el ámbito de la cultura. Nivel de tercer ciclo de primaria. Beocio. También se dice del lector compulsivo de informes de la CIA. Sin comentario.

Bustrófedon: Enigmático lector de criptografía que lee de derecha a izquierda (Véase glosador).

Caducifolio, a.: Personaje que no le importa que se le vayan cayendo las hojas del libro mientras lee. No profiere improperios contra los encuadernadores que cada vez emplean engrudos de peor calidad en lugar de aquellos lomos cosidos al estilo tradicional en pliegos de ocho hojas que duraban varias generaciones.

Canonista: Lector que siente una especie de desamparo universal y necesita que Harold Bloom le diga qué es lo que tiene que leer en cada momento (Véase pirómano).

Caótico, a.: En sentido literal se refiere al lector de natural desordenado, deslavazado y confuso. En sentido más preciso, se refiere al lector de libros sobre teoría del caos, teoría de la complejidad, sobre el pensamiento borroso o sobre las múltiples tribus rizomáticas seguidoras de Deleuze y sus mil mesetas.

Cardiólogo, a.: Lector de literatura rosa, de revistas del corazón y amante del bolero como simplificación estilística del drama. Le gusta sufrir discretamente empapándose los culebrones de manera furtiva (Véase pendejo).

Cartaginés, sa.: Tipo de lector que cuando lee un libro tiene que dejarlo y empezar a leer lo primero que se escribió sobre el asunto, por muy remoto que éste sea. Normalmente empieza por los cartagineses. Se ve forzado a una especie de eterno retorno y suele perderse con facilidad en el proceloso mar de las letras. Más frecuente de lo que en principio pudiera parecer (Véase eficientista).

Charolola, o.: Gran lector cuya misión en la tierra es hacer animación y reanimación lectora entre los infantes y los tiernos perversos polimorfos. No confundir con el término homófono empleado en zoología para describir al pájaro de la familia del quetzal con idéntico plumaje tornasolado.

Chingón, a.: Lector que sobresale. Suele ser de origen mexicano o residente habitual. Llámase también así a los incondicionales de El laberinto de la soledad de Don Octavio o a sus epígonos.

Científico, a.: Fauna lectora de ciencias duras. Suele utilizar quevedos para protegerse de los textos erizados de fórmulas y palabras puntiagudas e incomprensibles. Genuino ejemplar vanguardista del Siglo de las Luces, en el fondo es un delicado narrador de cómo es el mundo, aunque lo cuente de forma un tanto rara. Reconoce que la ciencia tiene estructura narrativa, pero todavía está en un estadio de desarrollo muy primitivo.

Clásico, a.: Lector aristocratizante que sigue el canon clásico de la lectura: privacidad, sigilo, meditación. Posee una biblioteca privada que trata de imitar las emblemáticas bibliotecas personales de Erasmo y Montaigne. Vive en una mansión. Si en lugar de mansión tiene un pisito, aunque mantenga intacta su refinada pasión, los libros suelen andar atrabancados por toda la casa, en los armarios, debajo de la cama o en la nevera. La situación llega a ser grave cuando también se ve obligado a colgarlos de las ventanas como guirnaldas de flores. Es por lo general degustador de George Steiner.

Cleptómano, a.: Lector que ignorando el derecho de propiedad y los derechos de autor, cree, de buena fe, que los libros son patrimonio colectivo de la humanidad y los toma graciosamente, e incluso con fruición, de las estantería ajenas para llevárselos a casa. Se puede hablar, en ocasiones, de lector no venal. Abunda en tiempos de crisis y de paro juvenil. Es una plaga en las bibliotecas públicas en general y en las universitarias en particular.

Cocinilla: Lector de libros de gastronomía. También lector de manuales clandestinos de recetas tipo termomix, previa realización de un máster en la materia o afines.

Coleccionero, a.: Véase bibliófilo.

Contorsionista: Lector que nunca se está quieto cuando lee. Adopta posiciones extrañas, incluso arriesgadas. No suele ser consciente de la cantidad de gestos que hace. En los sillones de las bibliotecas públicas, bascula de forma inmoderada, moviendo a los demás lectores a la hilaridad. Él también se ríe en voz alta cuando lee algo gracioso. No se corta.

Contextual: Suele ser lector de libros de política, sociología, historia o economía política. En su versión morbosa pertenece a los llamados “chicos del contexto”. Nada es como parece ser y sólo él tiene las claves de la interpretación correcta del mundo. Por supuesto ésta reside en el contexto de las contradicciones políticas, sociales o económicas que son, a su vez el contexto de las contradicciones políticas, sociales o económicas, que son a su vez el contexto. Todo lo demás es puro psicologismo pequeño burgués. Este tipo lector es un catequista, un pelmazo.

Coprológico, a.: Véase panflético

Covariante: Lector apasionado de libros sobre análisis de covarianza. Por extensión, lector de estadísticas. Abunda, con algunas variaciones, entre los matemáticos. Aunque lo parezca, no es peligroso. Se denomina pitagórico cuando está imbuido de la mística de los números y leonardiano, cuando piensa que el libro del universo está escrito en el lenguaje de las matemáticas.

Deslumbrado, a.: Tipo de lector apasionado cuya vida cambió con la lectura casual de un libro, de una página, de un párrafo, de un suspiro de Emma Bovary. El deslumbramiento o conmoción solía ocurrir antes en algún momento de la infancia o de la pubertad, en el transcurso de una enfermedad que obligaba al infante a permanecer de manera prolongada postrado en el lecho, pero hoy, con la penicilina, las cosas han cambiado mucho.

Diccionata: Incontinente lector de diccionarios. A esta especie pertenece también el incondicional de las enciclopedias. Debe tener cuidado de no sacralizar las palabras. Un buen antídoto son los diccionarios de uso o el Etimológico de Corominas, para ver cómo nacen, se corrompen, trasmutan, luchan por legitimarse o mueren. De esto saben mucho los amigos de Bajtin, Mijail.

Diletante: Lector de libros de aventuras y de viajes. Suele darse esta afición en criaturas sedentarias e introvertidas.

Dionisíaco, a.: Lector que goza leyendo. Concibe la lectura como celebración, incluso de carácter orgiástico. También incluye la subclase de los irenistas, los dulces y los esteticistas, que a su vez pueden ser de dos clases, decadentes o ascendentes, dependiendo del ángulo de inclinación que adopta la cabeza con respecto al tronco en el transcurso del acto (lector). Una perversión del dionisíaco es el denominado ludópata, que se pasa, gozando.

Exlibris eroticis

Exlibris eroticis

Ecolector, a.: Dícese de aquel que sólo lee libros impresos en papel reciclado. Lo tiene crudo.

Eficientista: Lector que no se anda por las ramas (Véase cartaginés). Muchos eficientistas son lectores escaldados, es decir, lectores de libros de autoayuda que han perdido miserablemente su tiempo.

Escatológico, a.: Lector ritual de cuartos de baño. Los hay de facistol, de atril, de simple revistero o de estantería de libros de ocasión. Demuestran, con toda esta liturgia, los efectos laxantes y benéficos de la lectura.

Esquimal: Lector compulsivo de etnografías.

Evanescente: Como su propio nombre indica, es lector de libros evanescentes. Especie realmente insólita.

Exhaustivo, a.: El que se echa al coleto los libros de pe a pa. Por ser exhaustivo termina exhausto, lógicamente. También conocido como lector prusiano, tiene multitud de variantes claramente patológicas. En su versión canónica, hay algo que le induce a pensar que existe una norma ética que obliga a todo mortal a leérselo todo de principio a fin. Dentro de esta especie encontramos los así llamados plúmbeos, masoquistas, miopes y deletéreos. Particularmente aviesos son los caterpillar y los rústicos, auténticas máquinas apisonadoras de la lectura, lectores todo terreno, sin marcha atrás.

Freaks: No se refiere exclusivamente al cinéfilo adorador de la Parada de los monstruos, ni al cine de Tod Browning, sino que incluye a la totalidad de los lectores de guiones de cine y a toda suerte de dulces mitómanos del séptimo arte.

Gachupín, a.: Lector exclusivo de libros editados en España. Los demás no le interesan.¡Que los lean ellos, caray! Es una forma de ultranacionalismo lector perjudicial para la salud (Véase papanatas)

Glosador, ra.: Lector que siente la necesidad imperiosa a hacer todo tipo de anotaciones en los márgenes de las páginas que lee. A él pertenece también la clase de los subrayadores, muy prolífica, por cierto. Existe, por otro lado, los conocidos como lectores criptógrafos (Véase Bustrófedon), variante enigmática de los glosadores, que acumulan signos estrambóticos en todas las direcciones del texto. Dejan los libros hechos unos zorros. Algunos autores ponderan de forma encomiástica el garrapato, como una suerte de iconoclastia rampante.

Gregario, a.: Lector de libros de moda, de los que anuncian por la tele. Lector de libros que le recomiendan los compañeros de trabajo o los amigos. Le encanta que le digan: “léete no sé qué, que está buenísimo”. Peca de una credulidad admirable. Suele ser pasto de las campañas comerciales de las grandes editoriales que en lo único que piensan es en vender.

Incombustible: Véase beligerante.

Inopinado, a.: Háblase también de lector fortuito o aleatorio. Lee lo que le cae entre las manos. Este tipo de conducta lectora suele darse en las salas de espera de los dentistas. También se le conoce como lector serendipity. No confundir con gregario.

Irenista: Véase dionisíaco.

Irredento, a.: Aquel que cree que nunca ha leído suficiente. Siempre tiene que leer más y más y mucho más. Militan en el irredentismo notables eruditos. No confundir con el lector irredento del Libro del desasosiego.

Laberíntico, a.: Lector que lee para seguir leyendo en una espiral interminable, donde un libro le lleva a otro libro que, a su vez, le remite a otro y a otro, ad nauseam. Su vida es un viaje infinito hacia el interior del laberinto. Este tipo lector agradece que las bibliotecas tengan cafetería y que estén abiertas las 24 horas del día. Conocido también como lector centrípeto (Véase quijotesco).

Lector, ra.: Del lat. lector -oris. Especie en extinción de la galaxia Gutenberg. Más que leer, suele releer. Siente un extraño gusto por la lectura. Incluso hay autores que hablan de pasión.

Leonardino, a.: Véase covariante.

Levógiro, a.: El que lee sosteniendo el libro con la mano izquierda. También los hay dextrógiros, dependiendo de cómo hayan desarrollado la lateralidad. Tienen que leer libros apropiados para asirse con una sola y única mano, de forma tal que la otra quede a su libre albedrío. Suelen ser, ambos, votantes de izquierda.

Libélulo, a.: Tipo lector, eminentemente frugal, que lee lo indispensable para sobrevivir. No debe confundirse con el lector de libelos, oficio noble donde los haya, ni con el lector de El ascenso de la insignificancia. Su nombre científico es acondroplásico o enano lector. Tampoco tiene que ver con el lector portátil, pero sí está emparentado con el anoréxico u opusculario. Para entendernos, un gandul.

Librómano, a.: Dipsómano del libro. La lectura le produce embriaguez. Hay sociedades de librómanos anónimas, que en lugar de curar fomentan una mayor adicción.

Liliputiense: Lector de libros liliputienses y amante de lo infinitamente minúsculo. Lee con lupa.

Lunático, a.: Véase solariego

Melancólico, a.: Lector ensimismado y flébil. Es lector de interiores, normalmente de poesía. También denominado árcade. Háblase de lector coriambo cuando sólo es lector de poesía clásica, epopeya o poesía heroica. Se conocen escasos ejemplares de este tipo lector. Se diferencia notablemente del lector sufí que en su acepción genérica abarca a los lectores de San Juan de la Cruz y otros místicos. En sentido estricto se refiere al lector de los textos sufíes de Ibn el Arabi y Raimundo Llulio (Véase susista).

Megalómano, a.: Designa a uno que finge ser gran lector, lector enorme, desproporcionado y que hace ostentación pública de su saber enciclopédico. Normalmente es un simple delirio. Aunque no necesariamente vista gabardina, es conocido como lector exhibicionista. Cloquea abundantemente.

Melismático, a.: Lector de libros sobre música. Existe, pero es difícil de encontrar.

Metalector, a.: Lector que lee libros sobre libros. Conocido también como lector en segundo grado. Degenera en patología en el caso de los críticos literarios, los profesores de literatura y los linotipistas. Deben curarse de espanto los bibliotecarios que estudian con demasiado entusiasmo biblioteconomía.

Microlector, a.: Tipo de lector sumamente inteligente y versátil. Solo lee microtextos, microcuentos, micronarrativa, microrrelatos, literatura bonsái, cuentos breves, cuentos brevísimos, cuentos en miniatura, cuentos mínimos, cuentos minúsculos, cuentículos, cuentos ultracortos, ficción breve, ficción brevísima, relatos breves, relatos hiperbreves, relatos vertiginosos, minicuentos, minificciónes, arte pigmeo, miniaturas narrativas, short stories, flash fiction, short fiction, small stories, microtales,nouvelles y, en general, toda la literatura minimalista o nanoliteratura. No hay que ser japonés.

Mitómano, a.: Lector que sólo lee libros dedicados de puño y letra del propio autor.

Monofásico, a.: Se refiere al lector que lee solo de un tema. Es conocido también como monotemático. Los hay que leen sobre dos temas, bifásico; sobre tres, trifásico. Representa la especialización lectora en grado sumo: llegar a saberlo todo de nada. Por ejemplo, lee sólo bibliografía referida a: “Coenzimas A como transportadores de grupos acilo en biología molecular”; “Algoritmos voraces en sistemas informáticos”; “El currículo prescrito en los procesos de cambio planificado”; “Ánforas etruscas y columbarios romanos en tierras de vacceos”, y cosas así.

Múrido, a.: Conocido como murgaño o ratón de biblioteca. Es un santo. No confundir con los diligentes rebuscadores de manuscritos, legajos y papeles, que también tienen su mérito.

Neoliberal: Se dice de aquel cuyo ejercicio lector está vinculado, per se o per accident, a intereses puramente mercantiles. Comúnmente denominado lector crematístico, pesetero o roña (no debe emplearse eurístico, de euro, es un neologismo infame). Es renuente a prestar su colaboración desinteresada y se le ve el plumero con relativa facilidad. Suele ser votante de derechas, aunque de todo hay en la viña del Señor. No necesariamente todos los libreros pertenecen a esta categoría.

Negro, a.: El que lee coaccionado por otro o necesitado del cobro de un estipendio. Como forma peculiar de extorsión debería estar incluida en el código penal. También el vicioso de la literatura negra, del humor negro, de la teología negra de la liberación y de la leyenda negra.

Novélido, a.: Tipo de lector monofásico que solo y exclusivamente lee novelas. La lectura de otro tipo de literatura le produce graves alteraciones neuronales. Dentro de este tipo se dan los subtipos correspondientes a la novela policíaca, de aventuras, de terror, psicológica, y otras. Padece hipermonofasia cuando dentro de un subgénero sólo lee a un autor del que conoce su vida y milagros, y al que envía correos electrónicos delicuescentes. En todo caso, es lector de largo aliento. Cuando sólo lee novelas de caballería suele empezar a tener problemas con la policía, pero en general es inofensivo.

Onanista: Lector autosuficiente que practica de forma contumaz la lectura solitaria. Suele ser lector voraz y reincidente, pero en el fondo se avergüenza de serlo. Se ha dicho muchas sandeces sobre los lectores onanistas: pérdida de masa encefálica, progresivo deterioro de la visión y todo tipo de males en el sistema linfático. Extremos que nunca se han podido demostrar científicamente. Constituye, por el contrario, un tipo artístico inocuo, proteico y sumamente creativo.

Opusculario, a.: Lector episódico de libritos. Coincide, a grandes rasgos, con el lector anoréxico u homúnculo. Tiene un concepto delgadísimo de lo que es el conocimiento y es por naturaleza inconstante. Los libros, sean cuales sean, siempre son demasiado largos.

Ordenauta: Aquel que es capaz de leer el Boletín Oficial del Estado, todos los días de Dios, en la pantalla del ordenador y no morir en el empeño. No confundir con lector virtual. Por elevación, se denomina así a los lectores de páginas web. Son lectores arcaizantes pues leer en la pantalla es como volver al rollo de papiro. En realidad no hay páginas, sino que el texto se despliega en sentido ascendente como si fuera un rollo luminoso e infinito.

Orgánico, a.: En contra de lo que comúnmente se cree, no se refiere al lector incontinente de química orgánica. Por lector orgánico debe entenderse aquel que aspira a ser intelectual orgánico en el sentido gramsciano del término. Le espera un futuro promisorio, dada su escasez.

Palimpséstico, a.: Piensa, con razón, que los cientos de millones de libros que existen son en realidad un único y gigantesco libro escrito y reescrito constantemente. Ferviente defensor de la intertextualidad. Úsase también para designar al lector de palimpsesto en sentido estricto.

Panflético, a.: Lector compulsivo que sólo lee la prensa diaria. También denominado lector coprológico. Sufre delirium tremens cuando sólo lee la prensa local o el ABC.

Panléxico, a.: No confundir con exhaustivo. Lee todo de todo. Carece de criterio selectivo. Mide su grado de cultura por la cantidad de letra impresa engullida. Llamado también, pantagruélico. Suele ser peligroso aunque no tanto como el pirómano.

Panóptico, a.: Lector que ha leído todos los libros del mundo. Cuando decimos todos, queremos decir, todos. Es, por supuesto, una criatura inverosímil.

Papanatas: Lector que sólo lee libros foráneos porque todo lo de aquí le resulta insufriblemente mediocre.

Parejero, a.: El que piensa que leer y escribir son dos formas de la misma complicidad. No necesita publicar, para él, leer es escribir. Y como hay gente que escribe tan bien, es por definición ágrafo.

Pedabobo, a.: No confundir con el sujeto que ejercita sus dotes flatulentas disimuladamente en las bibliotecas levantando las asentaderas con levedad. Nos referimos aquí al sufrido lector de libros sobre educación. Libros, por otra parte, difícilmente soportables: escritos con gran desaliño estilístico; proclives al uso inmoderado de anglicismos; plagados de diagramas innecesarios (flechitas, cuadraditos, resumencitos); llenos de sangrados, subapartados (1; 1.1; 1.1.2; o de letras, a, b, c…); sembrados de negrillas, bastardillas, de párrafos enjutos y contenido inane. La mayoría de sus autores son eminentes glosadores. En fin, un poema.

Pendejo, a: Lector pusilánime. Similar, en algunos aspectos, al llorón, al plañidera o al sufriente. Es de lágrima fácil, no puede ni con su alma, se desanima con facilidad.

Pinturero, a.: Lector estudioso de Manolo Millares, Cristino de Vera y dos o tres más. El resto no son pintores, son comerciantes.

Pirómano, a.: Es en realidad un antilector. Un enemigo del libro. Una sierpe. Siente un instinto irrefrenable por quemar todo lo que suena a letra impresa. Muy frecuente a lo largo y ancho de la historia de las inquisiciones. Entiende en sentido literal la pasión ígnea y abrasadora por la lectura. En grado menor se incluye también en esta categoría a los amigos del Índice del Vaticano y de las listas de libros heterodoxos y malditos. En grado benigno, toda la caterva de promotores de cánones de lectura (Véase canonistas). ¡Curiosa relación ésta entre la escritura, la lectura, el fuego y la intolerancia! La ignorancia, la barbarie, el dogmatismo y el escarnio del ingenio, como obsesiones pirómanas contra la letra impresa.

Polaco, a.: Cultor de Witoldo Gombrowicz y en general de todos los autores malditos del universo. Él mismo se siente un lector atravesado por el estigma del malditismo. No tiene por qué ser catalán, ni charnego, ni integrante de ninguna fracción modernista.

Poliléxico, a.: Véase zulú.

Zulú

Zulú

Polirrítmico, a.: El que es capaz de leer siete o más libros sin armarse un batiburrillo. Particularmente meritorio cuando se leen diez biografías simultáneamente. Su antónimo es el denominado por la crítica especializada, lector monorrítmico. También le pega a todo el lector andrógino, ambiguo o hermafrodita.

Pomposo, a.: El que gasta mucha prosopopeya o afectada gravedad en el acto de la lectura. Propende a levantar la ceja izquierda cuando lee. Suele ser lector de libros de filosofía, de ensayo o alta matemática. No confundir con sardónico.

Pornoléxico, a.: Lector incontinente de vidas de santo, del martirologio romano, de horóscopos, de astrología y de revistas del corazón y otras vísceras. También es lector de ciencias ocultas, de cartomancia y de parapsicología. Entran en esta categoría algunos lectores de ciencia ficción, ufología y lectores de casos de abducción, así como los lectores y coleccionistas de fascículos semanales y pliegos de cordel.

Portátil: Suele ser culo de mal asiento, se comporta como un niño irresponsable, como un loco de la lectura. Su misión como lector es incordiar. Sus lecturas deben caber en una maleta. Funciona como una máquina soltera: no cargar con coche, casa, esposa/esposo o niños. Ha de poseer espíritu innovador, ser un viajero impenitente, tener una sexualidad extrema, vestir con elegancia y manifestar ausencia de grandes propósitos. Le encanta suicidarse de vez en cuando y pertenecer a sociedades secretas. Es un dandi de la lectura. Un lector decadentista.

Presentista: Sólo lee lo último. Suele estar, consecuentemente, a la última. Se encuentra en gran número y es bastante molesto en ambientes académicos, cócteles y presentaciones de libros. Conocido también como neotérico. Una variante poco estudiada de este género es el lector posmoderno, del que es imposible hablar aquí por motivos de espacio.

Proctólogo, ga.: Lector e imitador entusiasta de Charles Bukowski. Divide en partes iguales su tiempo: la mitad en los bares y la otra mitad en las bibliotecas, haciendo sabe Dios qué.

Prometéico: Véase apolíneo

Psicoanalista: Lector argentino de literatura de ficción.

Psicolector, a.: Lector de libros de psicología, sobre todo de psicología experimental o quasiexperimental. Es imprescindible que encuentre en estos textos grandes máquinas y rarísimos aparatos metodológicos que cuantifiquen y trituren todo tipo de variables (dependientes, independientes, intervinientes, insolentes o disolventes) de la conducta o el pensamiento humano, convirtiéndolas en números para someterlos a un proceso sistemático de tortura tal, que terminen confesando lo que desea el autor. Si no es así, la cosa no tiene carácter científico, se pone de los nervios y tiene que salir corriendo a ver al psicólogo. En el hipotético caso de que el mencionado psicólogo sea psicolector, no podrá ayudar al primero y los dos deberán buscar a un nuevo psicólogo que los cure, y así sucesivamente.

Querulante, a.: Lector obsesivo de textos jurídicos, leyes ordinarias y extraordinarias, orgánicas e inorgánicas, decretos reales e irreales, órdenes ministeriales y menestrales, resoluciones, reglamentos y circulares. Toda la ortodoncia legal le sirve para afilar los dientes y emprenderla a dentelladas por medio de querellas, recursos de mora, de reposición, administrativos y contenciosos, contra todo quisque. Todos sus papeles llevan la Apostilla de la Haya. No se cansa nunca de picar pleitos.

Quijotesco, a.: Especie lectora cuyo ejercicio le empuja a salir al mundo a redimir cautivos, a desfacer entuertos, establecer la justicia universal y, de paso, a hacer la revolución. La lectura convierte a estos sujetos en activistas ocasionales. Conocido también como lector centrífugo (Véase laberíntico).

Quimérico, a.: Se refiere al lector de bestiarios. Por extensión, lector del universo feérico y de textos anfibológicos sobre seres minúsculos y traviesos fruto de la fabulación y el miedo. Mitad peces, caballos, aves, demonios, dragones, machos cabríos, hombres o mujeres: faunos, lamias, sátiros, esfinges, sirenas, centauros, íncubos, súcubos, arpías, minotauros, nereidas o tritones. Libros sobre la gran familia de los mons­truos y las criaturas ambiguas: grifos, basiliscos, quimeras, hidras, górgonas, medusas, leviatanes, troles, unicornios, anfisbenas, ave fénix, cancerberos, imbunches, ogras, rusalcas, ninfas, náya­des, napeas, apsaras, gnomos, geniecillos, ondinas, elfos, sílfides, fadas, magas, hechiceras, brujas, dríades, chamanes, hénides, potámides, cocos, paparrasollas, hombres del saco, bu, zombis y trasgos. Lector, en fin, del grosor de los mitos, las consejas, las fablas y las sagas. El lector de estas espléndidas máquinas de ficción suele ser, también, veedor de cuadros del Bosco, sobre todo de El jardín de las delicias.

Racionalista: Lector de volúmenes elementales aficionado a la arquitectura de la Bauhaus.

Rampante: Llámase así al que lee recostado. Rampante severo, el que además necesita ponerse el pijama o el camisón.

Rústico, a.: Llamase rústico propiamente dicho al lector del Calendario Zaragozano. No tiene nada que ver con el lector o lectora de El manuscrito encontrado en Zaragoza. Por su terquedad inclúyese también al lector de listines de teléfono, que los hay.

Sardónico, a.: Lee para confirmar que todo el mundo está equivocado. A este grupo pertenece también el llamado ultracorrector, sólo lee para pillar los gazapos ortográficos, léxicos, sintácticos o tipográficos de los otros. Puede degenerar en patología en los casos de enfatuación aguda. Suele tener colgada una sonrisita en la comisura de los labios mientras lee, para subrayar la suficiencia. Es útil como corrector de pruebas.

Sinólogo, a.: Lector maoísta de los años sesenta. Especie extinta.

Siruelo, a.: Lector exquisito y exclusivo de libros de la editorial Siruela.

Sobón, na.: Dícese del lector que manosea los libros. Habito, seguramente, contraido durante la infancia como forma de contracultura escolar y de resistencia a la dictadura del libro de texto imperante en las escuelas.

Solapero, a.: Lector de solapas de libros. Es baratito, no gasta un duro en libros, lee a hurtadillas en las librerías. Es, en realidad, un subtipo de lector virtual. Llega a adquirir una extraordinaria habilidad en el uso de la información que allega de manera tan alevosa. Puede dar el pego.

Solariego, a.: Lector de libros de astronomía y de observación sistemática de la cromósfera. Si sólo lee astronomía solar se le suele denominar rubicundo-Apolo; lunático en el caso de la luna; y saturnal si además de lector es un astrónomo de humor desenfrenado. No tiene nada que ver con los solares, ni con fundo alguno, ni con la especulación inmobiliaria.

Sufí: Véase melancólico

Susista: Lector hipnótico especializado en la poesía hermética del barroco Fray Andrés de Abreu, a quien, dicho sea de paso, le gustaban las damas principales. Por elevación, entiéndese también por susista el lector fantástico del Corpus Hermeticum.

Trampantojo, a.: Véase virtual.

Ultracorrector, a.: Véase sardónico

Urólogo, a.: Lector de libros de La sonrisa vertical y similares. No es necesariamente un lector rijoso.

Vicario, a.: Espécimen no estrictamente lector, perteneciente al grupo de los que dicen: “léetelo tú y luego me lo cuentas”. Está dentro de la órbita de la tradición oral más que de la literaria propiamente dicha. También se le conoce vulgarmente con el sobrenombre de lector gorrón o saprofito. Hay gente que ha leído mucho así. Sus víctimas son el trasunto de los negros en el mundo de la escritura (Véase negro).

Virtual: Cree que lee, pero, realmente, no lee. Se conoce también con el nombre de lector trampantojo. Suele darse entre aquellos que hablan mucho de la sociedad de la información y sus alrededores, pero no leen nada de nada, sino de la sociedad de información y de sus alrededores.

Zulú: Dícese del lector o lectora políglota. Especie exquisita pero escasita. Conocido entre los especialistas como poliléxico.

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